Mientras revisaba mis archivos en el computador, me asaltó un recuerdo cuadrado y plástico: el «floppy». Aquel disquete rígido de 3.5 pulgadas con su pequeña ventana metálica que todos deslizábamos con el dedo, casi por reflejo. Recuerdo el temor que sentía si alguien la tocaba de más; me invadía la angustia de que un solo roce pudiera borrar el contenido de mis grabaciones. Hoy, en mis estantes, ya no existe esa cajita donde los guardaba en estricto orden alfabético.

Con el tiempo, un disco plateado y brillante —el CD-ROM— ocupó su lugar. Parecía lo máximo en tecnología, hasta que las memorias USB llegaron para cambiarlo todo. Sin embargo, confieso que no he sido capaz de separarme del todo de mis discos ni de mi viejo lector; todavía guardo en ellos fotografías, juegos y archivos que, de vez en cuando, vuelvo a buscar.

El pobre «floppy» murió por una mezcla de falta de espacio vital y la eficiencia del USB, quedando relegado al baúl de los recuerdos. Supongo que, así como existen museos para las cámaras fotográficas, debe haber uno dedicado a la memoria de las computadoras. Si ese museo existiera, debería empezar por las cintas magnéticas, un invento del ingeniero alemán Fritz Pfleumer en 1928. A él se le ocurrió la brillante idea de que el papel de los cigarrillos podría retener la voz humana. Así nació aquella cinta larga, delgada y frágil que, tras años de evolución, terminó convirtiéndose en los casetes y los VHS de nuestra juventud.

Hoy, el mundo de la grabación nos sigue sorprendiendo. Basta con mirar nuestros celulares: grabamos y transferimos información sin necesidad de cintas, discos ni disquetes. La memoria se volvió invisible, pero para quienes vivimos la era del plástico y el metal, nada reemplazará esa sensación de tener la información, literalmente, en nuestras manos.

A veces me pregunto si, al perder la forma física de nuestros archivos, también perdimos un poco de la mística de guardar recuerdos. Hoy todo es inmediato y etéreo, flota en una ‘nube’ que no podemos tocar. Pero de vez en cuando, me hace falta ese ritual de marcar un disquete con una etiqueta escrita a mano, o el sonido mecánico de la unidad de disco procesando nuestros datos. Quizás no es solo el plástico lo que añoro, sino esa sensación de que lo que guardábamos tenía un peso real, un lugar en el estante y, sobre todo, un lugar en nuestra vida.