Entre el Abismo y la Frontera
Recientemente escuché un relato de vida que me dejó reflexionando. Tras ocho años de convivencia, una joven fue abandonada por su pareja, quedando sumida en una devastación psicológica profunda. El golpe fue tan severo que entró en un estado depresivo grave; a pesar de tener una hija pequeña, el dolor le impedía ejercer su rol materno con plenitud.
Al cabo de un año de parálisis emocional, un amigo le dio un consejo arriesgado: alejarse de todo, viajar a Estados Unidos e intentar reconstruirse a la fuerza, impulsada por un nuevo idioma y metas distintas. El plan, sin embargo, era precario: cruzar por «el hueco» de manera ilegal. Sintiéndose acorralada y viendo esta huida como su única tabla de salvación, tomó la dolorosa decisión de dejar a su hija al cuidado de sus abuelos y emprendió la travesía.
Ya en Estados Unidos, la inmersión en una realidad desconocida y la necesidad de trabajar empezaron a transformar su ánimo. En ese proceso conoció a un ciudadano estadounidense que la acompañó durante dos años. Cuando ella sintió que sus sentimientos finalmente habían superado la angustia del pasado, manifestó su deseo de volver a Colombia para reencontrarse con su hija y empezar de nuevo.
Su pareja le pidió que no se marchara. Ella, con sinceridad, le explicó que su situación migratoria era irregular y no se sentía lista para enfrentar un proceso legal. Ante esto, el hombre —genuinamente interesado en ella— le ofreció matrimonio, ayuda para su legalización e incluso traer a su hija. Aunque la oferta es tentadora, a ella le preocupa el panorama político actual bajo el gobierno de Trump y la postura frente a los extranjeros.
Esta historia se hizo pública a través de una emisora radial. No sé qué motivó a la joven a compartir su testimonio, pues cuando sintonicé la frecuencia ella ya estaba en medio de su relato. Lo que me resultó incomprensible fue la actitud del locutor. A pesar de que el programa presume de ser un espacio libre de juicios, el presentador comenzó a cuestionarla duramente: la recriminó por haber dejado a su hija, la acusó de aprovecharse del estadounidense para obtener la «green card» e incluso minimizó la depresión que sufrió tras su ruptura inicial.
Aunque la joven admitió que, en un principio, consideró buscar una relación solo por interés migratorio, aclaró que con su actual pareja el amor es real. Sin embargo, el presentador no dejó de poner en tela de juicio su veracidad, transformando un espacio de desahogo en un tribunal de moralidad.
El papel de los medios, en este caso particular se usó para revictimizar en lugar de comprender, ya que la depresión no es una elección, es una enfermedad que anula la voluntad y si esta joven madre intentó hacer un desahogo, una catarsis a través de la línea telefónica, debió ser escuchada y de no compartir su proceder, hacer lo más noble, dejarla hablar y callar.
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