Desde siempre, cada vez que alguien fallece, sea de la clase que sea, las circunstancias, etc. Hay alguien que exalta sus supuestas virtudes y lo enaltece.
Existe un dicho popular que resuena regularmente: “No hay muerto malo”. Sin importar la trayectoria, el comportamiento o las circunstancias del deceso, nunca falta quien intente blanquear la memoria del fallecido, elevando a categoría de virtud lo que en vida fue reprochable.
Personajes como el doctor Germán Vargas Lleras, fue estigmatizado por el famoso “coscorrón” que le dio a uno de sus escoltas cuando impedía que una mujer se le acercara al entonces candidato, nunca dejaron olvidar ese hecho, y cada vez que intervenía en algún evento lo primero que sacaban a relucir los medios, eran fotografías de aquel momento. Sin embargo, después de su muerte, los elogios no se dejaron esperar, hablaron de su trayectoria política y de su curriculum, mostraron tiernas imágenes con sus dos caninos e incluso promocionaron varios videos de sus opiniones sobre la política actual.
Es el patrón que se repite en episodios de violencia urbana. Jóvenes que participan en actos vandálicos, que atacan sin piedad a transeúntes o agreden con piedras y explosivos a la fuerza pública terminan, en ocasiones, gravemente heridos o muertos. De inmediato, surge la narrativa victimizadora: se afirma que era un estudiante ejemplar con un futuro brillante, que pasaba por el lugar de casualidad o que ni siquiera participaba en la protesta. Se condena sin matices al policía, militar o ciudadano que actuó en legítima defensa, despojándolo de su derecho a proteger su vida.
Tenemos el reciente caso de un individuo que ingresó a un CAI y encuellando cuchillo en mano al agente que se encontraba de espaldas frente a un computador, intentando quitarle la vida. Suerte que la reacción del uniformado evitó la agresión y ante el ataque usó su arma de dotación para defenderse, quitándole la vida al sujeto. No sobra agregar, que el agente fue llevado al hospital para tratar varias heridas que le alcanzó a causar el victimario.
El caso reciente del ataque a un Comando de Atención Inmediata (CAI) es un reflejo transparente de esta doble moral. Un sujeto ingresó armado con un cuchillo y atacó por la espalda a un agente que trabajaba frente a un computador. La reacción oportuna del uniformado, en un intento desesperado por salvar su propia vida, derivó en el uso de su arma de dotación y en la muerte del agresor. El agente, cabe señalar, debió ser trasladado a un centro médico para ser atendido por las heridas recibidas.
Sin embargo, las narrativas no tardaron en reescribirse. Tras el hecho, se justificó al atacante argumentando que padecía esquizofrenia, que era un paciente “tranquilo” y que la fuerza pública debió arrestarlo en lugar de disparar. Incluso se llegó a sostener que el agresor “iba caminando despacito”, una afirmación insostenible frente a los registros en video que evidencian un ataque directo y sistemático.
Frente a esta distorsión de los hechos surge una pregunta inevitable: ¿cómo se arresta en la práctica a alguien que intenta quitarte la vida con un arma blanca en cuestión de segundos? Romantizar la agresión y victimizar al victimario no solo desprotege a quienes nos cuidan, sino que pervierte el sentido elemental de la justicia.
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