Hay momentos en la historia en los que el tiempo parece comprimirse, obligándonos a pasar de la cúspide de la ilusión al abismo de la realidad en cuestión de segundos.
Apenas ayer, nuestros hogares vibraban con una emoción colectiva. La ceremonia de posesión presidencial se vivió con la solemnidad y la elegancia que marcan los nuevos comienzos; la imposición de la banda presidencial y las notas de nuestro himno nacional resonaban llenando de esperanza cada rincón del país. Éramos un país celebrando la democracia, con la mirada puesta en el futuro.
Pero la naturaleza, implacable y ajena a nuestros calendarios políticos, tenía preparado otro guion.
Apenas un día después de la fiesta nacional, un terremoto sacudió los cimientos de nuestra tranquilidad. Con epicentro en el Chocó y una fuerza que se extendió con violencia por gran parte del Valle del Cauca, la tierra rugió y nos recordó cuán frágiles somos.
Hoy, las calles y los corrillos vecinales tienen un solo pulso. A donde uno mire, la conversación es la misma, convertida en un ritual de supervivencia emocional:
- ¿Dónde estabas cuando tembló?
- ¿Qué pasó en tu casa?
- ¿Cómo está tu familia?
Esa ronda de preguntas se transforma inmediatamente en un abrazo apretado, en el reencuentro urgente con los amigos y en la búsqueda desesperada de los seres queridos. Es una catarsis colectiva que, entre lágrimas y suspiros de alivio, nos ayuda a procesar el susto.
Sin embargo, el panorama es desolador. Las pérdidas materiales son incontables; los hogares de toda una vida convertidos en escombros; y lo más doloroso, las vidas humanas arrebatadas que dejan vacíos imposibles de llenar. No podemos olvidar a los animales de compañía, a esas mascotas que corrieron despavoridas y hoy deambulan asustadas, buscando el calor de un hogar que quizás ya no está.
Muchas familias hoy se enfrentan a la peor pesadilla: empezar de cero. Ver cómo los apartamentos y edificios por los que tanto se trabajó se derrumban en un abrir y cerrar de ojos deja una estela de incertidumbre. ¿Qué sigue ahora? Las preguntas se amontonan en la mente de miles de colombianos que hoy no saben dónde dormirán mañana.
Incluso ingresar a nuestras ciudades, como nuestra amada Cali y otras zonas golpeadas, exige un acto de prudencia y un respiro profundo. Los daños en la infraestructura son gigantescos. Las clínicas y centros médicos, el refugio al que solemos acudir en busca de calma, se han visto desbordados, obligando al personal de salud a atender a los pacientes en los propios andenes.
Hoy más que nunca debemos moderarnos. Evitemos acudir a los centros médicos a menos que sea estrictamente necesario; dejemos esas camillas y ese personal disponible para quienes luchan por su vida bajo los escombros.
A pesar de la tragedia, hay algo que ningún temblor puede derrumbar: el alma solidaria del pueblo colombiano.
En medio del polvo y la desesperanza, he podido ver lo mejor de nuestra gente. Las manos se han unido de manera voluntaria para recolectar ayudas, herramientas para remover escombros en la búsqueda contrarreloj de vidas atrapadas, ropa y alimentos para abrigar a quienes lo perdieron absolutamente todo en cuestión de segundos.
Nos queda una pregunta en el aire, una que solo el tiempo y la resiliencia podrán responder: ¿Cuánto nos tomará sanar y levantarnos de este golpe de la naturaleza?
La respuesta no está en los mapas ni en los reportes oficiales; está en cada uno de nosotros, en nuestra capacidad de abrazarnos, de tender la mano y de recordar que, aun bajo los escombros, Colombia sigue latiendo.
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