Navegar por las redes sociales, ver un video viral y detenerse a examinar los comentarios es un ejercicio sencillamente demencial. La pretensión de unificar criterios allí es una causa perdida; siempre habrá un tribunal improvisado listo para juzgar.

Hoy me topé con una escena en video: una mujer salía de su casa empujando el cochecito de su bebé —un recién nacido, a todas luces, protegido por una redecilla en el frente—. Con una mano sostenía la carriola y con la otra llevaba la correa de su perro. A penas alcanzaba el andén cuando un perro sin correa se abalanzó sobre ellos, directo a atacar a su mascota.

La reacción de la mujer fue instantánea: intentó retroceder a toda prisa para resguardarse. En medio del movimiento abrupto y la estrechez del espacio, el cochecito terminó por volcarse. Sin dudarlo un segundo, la mujer levantó a su perro en brazos —el movimiento intuitivo y correcto cuando un animal sin control amenaza al nuestro—. El perro agresor irrumpió en el antejardín fijado en su presa, hasta que finalmente apareció su dueño para sujetarlo.

Pasado el peligro, la mujer volvió a poner a su perro en el suelo y levantó el cochecito. El bebé, perfectamente protegido en el habitáculo, ni siquiera se enteró de lo sucedido; continuaba durmiendo plácidamente.

Lo verdaderamente insólito vino después, al leer las reacciones en los comentarios. Un alud de críticas se volcaba contra la madre, acusándola de «preferir salvar al perro antes que a su hijo». Quienes juzgaban con la frialdad de una pantalla ignoraron lo evidente: el perro agresor jamás se inmutó por la carriola ni por el bebé; su único objetivo era la otra mascota. El niño nunca estuvo bajo amenaza directa, mientras que el perro de la casa corría un riesgo inminente.

En medio del caos de un ataque inesperado, no hay tiempo para calcular encuadres ni algoritmos. Para mí, ella actuó con una rapidez impecable y con absoluto sentido de las circunstancias. Pero claro, en la tranquilidad del teclado, todos se creen jueces expertos.