Los niños de ahora siempre me parecieron adelantados a su época. Han tenido la suerte de nacer rodeados de internet, celulares, videojuegos e inteligencia artificial. Sin embargo, hoy veo que no han perfeccionado su ingenio tanto como pensaba, especialmente en su desarrollo cotidiano y doméstico.
Al mirar atrás, la diferencia es abismal.
A mis tres años mal cumplidos, yo ya hacía las compras en la panadería del pueblo donde vivíamos. Iba con el dinero en la mano hasta la tienda del “Negro Barona”, a tan solo una cuadra de mi casa, para comprar la parva que mi madre me encargaba.
Hoy en día, sería impensable encomendarle una tarea similar a una criatura tan pequeña. Los peligros cambiaron: los pueblos se volvieron ciudades, las tiendas se convirtieron en centros comerciales y los desplazamientos pasaron a ser grandes distancias que obligan al uso de transporte. En el contexto actual, es imposible que una niña de tres años lo haga por su cuenta.
Mi obsesión por aprender a leer y escribir llevó a mis padres a matricularme en la escuela desde muy temprano para calmar mis ansias. Todavía recuerdo que en ese entonces se usaba la regla para castigar a los estudiantes, algo desconocido para mí. Mi profesora de entonces, Nohemy Villalobos, quería que supiera contar del 1 al 100 de corrido. Como yo no tenía idea de cómo aprender los números, me dio unos reglazos por detrás; en ese instante entendí que no quería volver jamás y le tomé fastidio a las matemáticas.
Al salir de la clase, emprendí el camino de regreso a casa a pie —unas diez cuadras—. En el trayecto vi que venía la camioneta de don Arturo Tafurt, un amigo de mi padre. Ni corta ni perezosa, le hice señas como si se tratara de un autobús de transporte público. El caballero se detuvo y me llevó a casa. Sobra decir que jamás regresé a esa escuela.
Mi siguiente escuela fue más amable. Don Jesús Calvo y su esposa, doña Tulia, preparaban a los niños para el ingreso a las instituciones formales. Tampoco duré mucho allí, no recuerdo por qué, pero sí me quedó el recuerdo de que don Jesús siempre me hablaba con cariño.
A los cuatro años entré formalmente a la Escuela No. 1. Curiosamente no pasé por el kínder, sino directo a primero. No sé cómo, pero allí aprendí a leer, a escribir, a usar el tintero con pluma… y también a derramar la tinta sobre mis cuadernos. En cambio ahora, los niños pasan por un largo desfile de etapas —prejardín, jardín y transición— antes de tocar la primaria.
Hoy en día los estudiantes llevan tabletas y celulares a las aulas, pero la tecnología no ha venido sola: también ha aumentado la agresividad. Llevan cuchillos y, hace poco, un alumno incluso llevó un arma para intimidar a su profesora.
A pesar de tantas herramientas, noto que muchos niños de tres años apenas saben hablar. He escuchado a algunos que todavía llaman a los perros “guau guau” porque se han acostumbrado a que sus padres les adivinen un vocabulario enredado. Ni hablemos de los que todavía toman pecho a esa edad, o de los berrinches que arman bajo la mirada permisiva de unos padres que justifican todo con el eterno: «Es que son niños».
La capacidad de adaptación antes era otra. Cuando mi hijo llegó a Londres tenía apenas dos años larguitos y solo hablaba español. El mismo día de nuestra llegada, mientras yo desarmaba las maletas, lo dejé en el andén con una niñita inglesa que quería jugar con él. Estuvieron alrededor de una hora hasta que se despidieron porque ya era tarde. En un abrir y cerrar de ojos, mi hijo regresó diciéndome varias palabras en inglés; en ese rato aprendió lo elemental para entenderse con su nueva amiga.
Una pregunta para reflexionar
Al ver este panorama, me asalta una duda inevitable: estos padres de ahora, tan modernos que ni siquiera se atreven a reprender a sus hijos por temor a ser denunciados… ¿qué clase de seres humanos están educando para el futuro?
Comentarios recientes