Sigo de cerca a Felipe Zuleta y, francamente, me parece un personaje fascinante. Le envidio esa espontaneidad y franqueza con la que dice exactamente lo que piensa, respaldado siempre por la seguridad de que sus opiniones son genuinas.

Entre sus múltiples entrevistas, hay una titulada “Lo único bueno de la vejez es la madurez”, disponible en Instagram, aunque en YouTube se puede encontrar una versión mucho más completa en el programa Los Andropáusicos. Allí aborda un tema sumamente interesante: el derecho a decidir sobre los procedimientos médicos destinados a prolongar, no la vida, sino la agonía, estirando artificialmente el momento de la muerte. Señaló que en la Fundación Santa Fe de Bogotá esto es posible mediante unos formularios, un pago de 80 mil pesos y listo, lo que permite partir en paz, libres de tubos y jeringas. En esa misma línea, tocó otro aspecto de la vejez: las pequeñas ventajas de ser adulto mayor, como acceder a filas prioritarias y espacios diseñados específicamente para nosotros, los viejos, ¿por qué no decirlo?

Toda mi vida fui tímida. Siempre permití que los demás hablaran mientras yo optaba por callar y huir de cualquier enfrentamiento que pudiera incomodarme. Con el paso de los años —muchos, diría yo—, empecé a notar que mis interlocutores se aprovechaban de esa actitud. No me arrepiento de haber sido así, pues ese era, y en parte sigue siendo, mi carácter. Todavía conservo mucho de ese comportamiento, con la diferencia de que ahora, al igual que a Zuleta, ya no me afecta lo que piensen de mí.

Al fin y al cabo, es imposible caerle bien a todo el mundo; es una condición humana ineludible. Hay quienes te ofenden sin decir una sola palabra y son capaces de inventarte conductas completamente ajenas a tu forma de ser. Ante ellos, lo mejor es aplicar la indiferencia y renunciar al esfuerzo insano de averiguar por qué les caemos mal.

Existe una frase que define a la perfección estas situaciones: hay personas que simplemente te dan «mala vibra» apenas las sientes en el aire, mientras que otras, con solo mirarlas, te transmiten una indiscutible «buena onda».

Al final, envejecer y madurar no es más que eso: aprender a elegir los propios combates, sacudirse el qué dirán y rodearse únicamente de aquellos que nos hacen la vida más ligera. Que los demás sigan inventando; nosotras ya aprendimos a elegir nuestra paz.

Por eso brindo por los años acumulados, por la piel más curtida y por esa maravillosa libertad de mandar a volar la mala vibra. Al fin y al cabo, la vida es muy corta para gastarla intentando agradar a quienes jamás sabrán mirarnos con buenos ojos. Dicen que los años quitan juventud, pero regalan algo infinitamente mejor: la certeza absoluta de saber exactamente a quiénes abrirles la puerta del alma y a quiénes dejar, simplemente, pasar de largo.