Creo que anteriormente he tocado el tema de las relaciones de pareja después de llegar al matrimonio. Sin embargo, cada vez que lo observo a mi alrededor, vuelvo a encontrarme con el mismo fenómeno: durante el noviazgo todo parece maravilloso, pero una vez que comienza la rutina de la vida en común, algo cambia.

Ya en el hogar, aquellas palabras cariñosas, los detalles y las atenciones que alguna vez fueron parte natural de la relación comienzan a desaparecer. Y, curiosamente, muchas de las características que nos enamoraron de nuestra pareja terminan convirtiéndose en defectos.

¿Qué sucede en el camino entre el enamoramiento y la convivencia?

Las parejas de antaño parecían tener otra manera de entender el matrimonio. Muchos permanecían juntos durante toda la vida, a pesar de las dificultades, las diferencias y, en algunos casos, circunstancias que hoy probablemente llevarían a una separación.

Recuerdo a mis abuelos por parte de padre. Sé que mi abuelo era mujeriego y, sin embargo, permaneció junto a mi abuela hasta su fallecimiento. Tuvieron 24 hijos. Cuando pienso en semejante familia, me cuesta imaginar cómo podían alimentarlos, educarlos y atenderlos a todos. El trabajo de mi abuela debió ser interminable.

Por parte de mi madre fueron diez hijos. También me parece una cifra enorme si la miro desde la perspectiva actual. Sin embargo, aquella relación permaneció hasta la muerte de ambos.

Mis tíos crecieron, fueron educados, formaron sus propias familias y muchos llegaron a ser profesionales. Entre ellos estuvieron mis propios padres. Es inevitable preguntarme cómo lograron salir adelante con familias tan numerosas y con los recursos que tenían en aquella época.

Hoy la realidad es muy diferente. Las parejas suelen tener menos hijos y existen numerosos métodos para planificar la familia y evitar embarazos no deseados. Tenemos más información, más posibilidades de elegir y, en muchos sentidos, mayores herramientas para organizar nuestra vida.

Pero entonces aparece otra pregunta: ¿por qué, teniendo aparentemente tantas ventajas, nos cuesta tanto mantener algunas relaciones?

También ha cambiado la manera de entender la crianza. Observo padres mucho más protectores, preocupados por evitar cualquier frustración o dificultad a sus hijos. En ocasiones, pareciera que hemos pasado de educar a acompañar cada paso, hasta el punto de permitir que sean los propios hijos quienes terminen imponiendo las reglas de la casa.

Tal vez algunos llamen a esto educación moderna. Yo simplemente me pregunto si, en nuestro afán por hacerlo mejor que las generaciones anteriores, no estaremos olvidando algunas cosas que también eran importantes: los límites, la responsabilidad, el respeto y la capacidad de afrontar las dificultades.

Pero volvamos al matrimonio.

Fui educada con la idea de que casarse era asumir un compromiso para toda la vida. Por eso, antes de contraer nupcias, había que estar muy seguro de la persona que se elegía. No se trataba solamente de enamorarse, sino de sentirse convencido de compartir la vida con alguien, aceptarlo con sus virtudes y defectos y, sobre todo, saber que esa persona tenía una convicción semejante.

Sin embargo, en muchos casos que he observado a lo largo de mi vida, parece que al salir de la iglesia o de la notaría se produce una especie de transformación.

Durante el noviazgo nos esforzamos por agradar. Somos atentos, pacientes, cuidadosos con nuestras palabras y mostramos nuestra mejor versión. Pero después de casarnos pareciera que pensamos: “Ya está, ahora sí podemos relajarnos”.

Y quizá ahí comienza el problema.

Ya no necesitamos conquistar al otro porque creemos que ya lo tenemos. Dejamos de cuidar los pequeños detalles porque los consideramos innecesarios. Aquello que antes nos parecía divertido puede comenzar a molestarnos. Las diferencias que durante el noviazgo parecían insignificantes adquieren otra dimensión cuando tenemos que enfrentarlas todos los días.

Y así, poco a poco, la persona de la que nos enamoramos parece convertirse en alguien completamente diferente.

No es extraño que las películas hayan utilizado tantas veces esta transformación como argumento. En cuestión de minutos vemos cómo una pareja pasa del amor más apasionado a la desesperación, de las palabras dulces a los reproches y de la ilusión a las discusiones.

Por supuesto, alguien podría decir que eso es simplemente parte de la trama y que, sin conflictos, no habría historia ni entretenimiento. Y seguramente tiene razón.

Pero también creo que muchas de esas historias funcionan precisamente porque reconocemos en ellas algo de nuestra propia realidad.

El matrimonio no debería ser el momento en que dejamos de conquistar a nuestra pareja, sino el momento en que empezamos a hacerlo de otra manera. Porque vivir juntos significa descubrir facetas que no conocíamos, enfrentar dificultades, cambiar, envejecer y aprender a convivir con alguien que también está cambiando.

Quizá el verdadero reto no sea conseguir que una relación dure toda la vida, como ocurrió con muchos de nuestros abuelos. Tal vez el reto sea preguntarnos qué estamos haciendo cada día para que valga la pena permanecer juntos.

Porque casarse puede ser relativamente sencillo.

Lo verdaderamente difícil es seguir eligiendo a la misma persona cuando ya conocemos sus defectos, cuando la rutina ha reemplazado la novedad y cuando el enamoramiento inicial necesita transformarse en algo más profundo: respeto, complicidad, paciencia y voluntad de continuar.

Tal vez eso sea, en realidad, el amor después del matrimonio.