Si tuviera la oportunidad de viajar en el tiempo, como suele decirse en las películas, ¿usted qué haría? Imagino que la creatividad humana no tiene límites; lloverían ideas de todo tipo para aprovechar semejante fantasía.
Pensar en el futuro siempre es una tentación. En mi caso, ¿elegiría saber qué nos depara el futuro? No lo sé con certeza. Recuerdo que cuando me faltaba apenas un año para cumplir los requisitos de mi jubilación, anhelaba con el alma poder chasquear los dedos, hacer que el tiempo pasara en un abrir y cerrar de ojos, y empezar a disfrutar de mi merecido descanso sin la obligación de madrugar al trabajo cada día. Hoy, en cambio, miro el futuro desde otra perspectiva. Hay cosas que me gustaría saber, y no por simple curiosidad, sino para estar preparada y recibir con serenidad los eventos que acompañen el tramo final de mi vida.
Sé que otros elegirían el camino de la fortuna. Por supuesto, conozco a más de uno que usaría este don para jugar a la lotería sabiendo el resultado de antemano. Se volverían millonarios. Muchos tendrían mil planes para cambiar su destino económico y mejorar su situación actual; sin embargo, sospecho que una fortuna así no solo cambiaría el bolsillo, sino que transformaría —quizás no para bien— todo el entorno en el que hoy viven.
Entonces, ¿viajaría al pasado o al futuro? Mucha gente asegura que volvería atrás para corregir errores y cambiar su historia. Ante el dilema de elegir entre el ayer y el mañana, muchos confiesan que irían al pasado para enmendar errores. Yo lo veo diferente. Yo iría por otra razón. Si volviera atrás, sería exclusivamente para fundirme en un abrazo con los seres queridos, a esos que se adelantaron en el camino, y a algunos amigos cuya partida temprana todavía me duele en el pecho. Pero en cuanto a mis fallas… bueno, cometí muchas, y francamente no cambiaría ninguna. Gracias a esos tropiezos, cada una de ellas me dio la experiencia necesaria y la madurez que me convirtieron en la persona que soy hoy.
Al final, el viaje en el tiempo no es más que una hermosa fantasía para intentar controlar lo impredecible o evadir lo inevitable. La verdadera sabiduría no consiste en tener el poder de alterar el reloj, sino en la capacidad de reconciliarse con él: abrazar las ausencias con gratitud, aceptar los tropiezos como el precio de nuestra madurez y mirar hacia el horizonte sin miedo. Porque el destino más valioso no está en el ayer ni en el mañana; está en la paz con la que habitamos nuestro presente.
Además, agrego, quizás el mayor valor de imaginar un viaje en el tiempo es descubrir que, si tuviéramos ese poder en las manos, lo más valioso no sería acumular fortunas ni reescribir nuestra historia. Lo verdaderamente importante sería la certeza de saber que cada dolor del pasado tuvo un propósito y que el futuro, con todo su misterio, es solo el capítulo final de una vida que ha valido la pena ser vivida. No necesitamos mover las manecillas del reloj; basta con haber aprendido a caminar a su ritmo con el corazón en paz.
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