Este año parece transcurrir en una constante expectativa, midiendo el tiempo a través de fechas cruciales. Las elecciones presidenciales nos han mantenido con los nervios templados, en un hilo de atención que ha ido paso a paso: primero las consultas, luego la primera vuelta y después el veredicto de la segunda. El próximo 20 de julio seremos testigos de la posesión de los nuevos representantes al Congreso, mientras seguimos pendientes de la llegada del nuevo Presidente electo y la conformación de su gabinete. Toda esta efervescencia política ha estado acompañada, además, por unos calores sofocantes que traen la amenaza latente del fenómeno de El Niño, y con él, el temor al racionamiento de energía y agua.

Pero el fútbol es otra cosa. Cada vez que juega nuestra selección, el país entero se transforma: las calles se tiñen de amarillo y el aire se llena del eco de pitos y trompetas. Es un paréntesis que altera el diario vivir, un instante supremo donde el orgullo vibra con el himno nacional y luego se celebra a ritmo de cumbias y vallenatos.

Ya cruzamos la mitad de este 2026 que no ha escatimado en emociones, pero que también nos ha golpeado con la crudeza de la realidad, como la tragedia del reciente terremoto en Venezuela. Un zarpazo de la naturaleza, inesperado y devastador, que nos estruja el corazón al ver a tantos seres humanos que perdieron la vida bajo los escombros o que hoy se encuentran heridos. Una tragedia dolorosa en todos los frentes.

A pesar de todo, sigo creyendo firmemente que hay que ser optimistas. De hecho, el propósito de este blog apunta hacia allá: a ser una luz de esperanza, un recordatorio de que siempre hay un mañana. Los fenómenos de la naturaleza ocurren y escapan a nuestro control; no podemos evitar un sismo, una inundación o los rigores del clima. Sin embargo, hay una vieja sabiduría popular —cuyo origen desconozco, pero que atesoro— que reza: “Esto también pasará”. Y es una verdad inmutable: todo lo que acontece en esta vida, por difícil que sea, en algún momento encuentra su final.

Durante mucho tiempo pensé que, al vivir fuera del país, la distancia me protegería del dolor de ver partir a mis padres. El destino me demostró lo contrario; me tocó despedirlos a ambos y, tiempo después, enfrentar el adiós de mi hermano, a quien en mi fuero interno creía inmortal, convencida de que jamás se marcharía antes que yo. El tiempo ha hecho su trabajo y hoy he terminado por aceptar su ausencia. Aquel dolor tan agudo sanó, confirmando que esa consabida frase también se cumplió en mí: eso también pasó.

El fútbol vuelve a aparecer entonces como ese bálsamo necesario; nos emociona y nos disipa de los eventos sombríos que a veces apagan la sonrisa de los colombianos. Y ahí seguimos, unidos, esperando el próximo resultado. Por su parte, la tragedia de los hermanos venezolanos, tan cerca de nuestras entrañas, nos deja una lección profunda sobre la fragilidad de la existencia. Nos recuerda que la vida es un soplo y que nunca sabemos cuándo llegará el momento de partir; cuántos de los que allí estaban realizaban apenas un viaje temporal que, sin sospecharlo, se convertiría en el último.

Mirar el retrovisor del año nos demuestra que somos sobrevivientes de nuestras propias tormentas, tanto colectivas como personales. La incertidumbre política cederá su paso a la rutina, la lluvia eventualmente refrescará la tierra sedienta y el dolor por las pérdidas se transformará en amorosa memoria. Al final, la vida siempre encuentra la manera de abrirse paso. Que la fragilidad del mundo no nos llene de miedo, sino de gratitud por el presente; y que la música, la esperanza y la certeza de que los malos tiempos siempre terminan, sigan siendo la brújula que nos guíe hacia adelante. Mañana volverá a salir el sol, y con él, una nueva oportunidad para sonreír.