Las redes sociales se han convertido, en ocasiones, en el espejo más crudo de nuestra realidad. Recientemente me encontré con un video que no deja de dar vueltas en mi cabeza: una mujer es agredida por su pareja en plena vía pública, él la arrastra y la golpea, ante la vista de los transeúntes. Cuando una mujer policía interviene para salvarla, también recibe lo suyo. Sin embargo, lo más perturbador ocurrió al final, cuando el apoyo policial llegó y logró inmovilizar al sujeto, la víctima, lejos de buscar justicia, imploró para que lo liberaran.
Este escenario no es aislado. Me remite a un caso que conocí hace tiempo, de una mujer atrapada en una relación de maltrato constante. Cuando finalmente la justicia intervino y su agresor fue enviado a prisión, ella, lejos de buscar la libertad que el destino le ofrecía, comenzó a realizarle visitas conyugales. El resultado fue un embarazo que la obligó más con su agresor. Cuando le pregunté, con estupor, la razón de tal decisión, su respuesta fue pragmática y fría: “Es quien me da el dinero para vivir.”
A menudo, nos enfrentamos a la tentación de juzgar a estas mujeres, calificándolas de “mente pequeña” o “enfermas”. Sin embargo, si analizamos estos comportamientos, entramos en terrenos psicológicos complejos como la indefensión aprendida o el vínculo traumático.
No es simplemente una elección, es una anulación. Cuando una persona vive bajo un régimen de terror cotidiano, su brújula moral y su sentido de supervivencia se distorsionan. Muchas de estas mujeres no se quedan porque “quieran” ser golpeadas, sino porque han sido condicionadas a creer que no valen nada fuera de ese vínculo, o que la dependencia económica, como en el caso antes citado, es un precio que deben pagar por la seguridad de un techo o comida. Es una tragedia psicológica donde el verdugo se convierte, en la mente de la víctima, en el único garante de su existencia.
Veamos, si el comportamiento de las víctimas es complejo, qué decir el de los agresores, que, por cierto, me parece aún más aterrador. ¿En que recóndito lugar de la mente humana nace la necesidad de convertir a la pareja, o incluso a los hijos, en un saco de boxeo? Hay hombre que viven en un estado de preparación bélica constante, cuya identidad se sostiene únicamente a través del poder, el control y la sumisión del otro.
La escalada de esta violencia no tiene límites. Casos extremos, como el de aquel hombre en Louisiana que arrebató la vida a sus siete hijos y a uno de un vecino, nos dejan sin palabras. ¿Es patología, maldad pura o una descomposición social sistémica? La pregunta no es cómo pudieron hacerlo, sino cómo alguien puede habitar una estructura familiar habiendo cultivado tal nivel de oscuridad interior.
Ante este panorama, es realmente fácil sucumbir al pesimismo y pensar que la humanidad está perdiendo su esencia, volviéndose cada vez más inhumana. Sin embargo, me detengo a reflexionar sobre una teoría distinta, quizás no somos más violentos que hace un siglo, sino que ahora somos más conscientes.
La tecnología ha actuado como una lente de aumento. Antes el maltrato doméstico ocurría tras las puertas cerradas y moría en el silencio de los hogares. Hoy, los celulares y las cámaras de seguridad han democratizado la denuncia. Lo que antes era un secreto a voces, ahora es un video viral que nos obliga como sociedad, a mirar de frente una realidad que preferiríamos ignorar.
Es aterrador observar cómo la deshumanización se filtra en nuestras vidas. Tal vez el camino para salir de este laberinto no pase únicamente por la justicia penal, que llega cuando el daño es irreparable, sino por una reeducación profunda. Necesitamos entornos donde el valor de una persona no dependa de su pareja, donde la masculinidad no se mida por la capacidad de ejercer dominio, y donde la comunidad deje de ser un espectador silencioso para convertirse en una red de contención real.
El ser humano tiene una capacidad infinita tanto para la crueldad como para la compasión. Quizás el dilema de nuestra era no es que seamos más inhumanos, sino que estamos perdiendo la capacidad de conectar con el dolor del otro, a menos que ese dolor nos sea servido, crudo y editado, a través de una pantalla.
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