Hace unos sesenta y nueve años, el mundo para mí tenía un centro: la casa de mi abuela materna, mamá Teresa, en el barrio San Bosco de Cali. Recuerdo aquella callecita, que entonces se sentía cuidada y amable, y la casita de dos habitaciones donde su vida transcurría junto a la tía Clementina —la tía Tina—. Era un hogar humilde, de cocina pequeña y un patio estrecho donde convivían el baño y el lavadero, un espacio que, bajo su cuidado, se sentía como un palacio.

Siempre que viajábamos desde Puerto Tejada para hacer diligencias en la ciudad, nuestra meta era llegar a ella. Mi abuelita no era solo una persona; era un aroma. Olía a talco de flores, a esos polvos «Para mí» que se esparcían generosos por su rostro. Mi hermano decía, entre risas, que parecía una gelatina blanquita, y recuerdo con nitidez cómo, tras cada abrazo, nuestras manos quedaban impregnadas de ese polvo blanco que marcaba nuestra piel como un sello de cariño.

Hace un par de días, el azar —o un error del Waze— nos desvió por una calle de San Bosco que no reconocíamos. Íbamos despreocupados, charlando, cuando de pronto el tiempo se detuvo. Allí estaba. Era la misma estructura, con apenas unos cambios, pero con la esencia intacta. Incluso aquel escalón cuadrado de cemento sobre el andén seguía ahí, inmutable. De repente, volví a ser una niña pequeña, empinándome sobre las puntas de los pies para alcanzar la aldaba y tocar la puerta con la urgencia propia de la infancia.

El corazón se me desbocó. Fue una descarga de alegría tan pura, tan viva, que el impulso fue automático: «Tengo que contarle esto a mamá apenas llegue», pensé. Pero, un segundo después, el vacío se abrió a mis pies al recordar que ella ya no está. Esa revelación, tan brusca, me devolvió a la realidad con una punzada en el pecho.

Los recuerdos, entonces, se agolparon. Pensé en aquel fatídico 7 de agosto de 1956, cuando la explosión de los camiones de dinamita sacudió a Cali. El impacto fue tan violento que las puertas de la casita se bloquearon, dejando a mamá Teresa y a la tía Tina atrapadas en el interior. Recuerdo la angustia de ese viaje frenético desde Puerto Tejada y la desesperación al tener que forzar ventanas y puertas para rescatarlas.

Hoy, volver a ver esa casa fue una experiencia extraña, un puente tendido hacia un ayer que creía perdido. Por un instante, pude sentir el calor de los abrazos de mi abuela y la felicidad de ser una niña que llegaba de visita; al siguiente, me encontré de nuevo en el presente, frente a una fachada que, aunque sigue en pie, ya no guarda los mismos secretos. Son emociones inexplicables: la alegría de haber encontrado un fragmento de mi historia y la melancolía de saber que, aunque la casa siga ahí, el tiempo —y quienes la habitaron— ya se han ido.