Es curioso como le llegan a uno los recuerdos, leí en las redes sociales esos mensajes donde mencionan cosas que usaste o hiciste en el pasado, para determinar, para bien o para mal, tu edad. Hice un recorrido en ellas y he empezado a revisarlas, así que aquí les comento.

¿Con qué libro aprendió a leer? Ahí se menciona, “La alegría de leer” y “La cartilla charry”. Pues yo empecé con la última, cuya carátula mostraba una pareja de niños listos para ir al colegio, mientras al fondo se ve la escuela. Recuerdo que yo estaba entusiasmada ante la idea de hacer las letras, pero en el libro empezaban a enseñar haciendo círculos, palotes y rayas, para darle firmeza a la mano lo cual me desilusionó un poco. Yo miraba con ansias el otro libro que tenían mis hermanos: “La alegría de leer.” Y resulta que ese tampoco me llenó, yo quería leer historias “de corrido”, quería aprender rápido.

Pero el libro que me impactó, sé que era la alegría de leer, pero era con historias, y contenía una que jamás se borró de mi mente.

Yo mismo, en cierta ocasión,

de esta escena fui testigo:

le arrojó pan a un mendigo

un niño desde un balcón.

Pero su padre, hombre humano,

le dijo: “¿No te sonroja?”

La limosna no se arroja;

se besa, y se da en la mano.

Luego preguntan por los cuadernos, si eran marca Norma o Modelo, y siguen preguntando si estudió religión con el catecismo Astete, claro que sí, y por mucho tiempo conservé el pequeño librito que fue causa de muchos disgustos, porque jamás de los jamases pude aprendérmelo de memoria, que era la forma como lo exigían en el colegio.

La urbanidad de Carreño, era un tanto complicada, incluso su lectura era pesada. Lo que si me gustó recordar fue aprender a escribir con el método Palmer, nunca lo logré, mi hermana si lo asimiló perfectamente y hasta la última vez que ví algo que ella escribió conserva su caligrafía.

Es decir, que con esto pude concluir que el tiempo pasa y aunque ahora a todo aquel que supera los 60 años, lo llaman “abuelito(a)”, quienes lo hacen, olvidan que ellos también van a llegar allí y a lo mejor no tan lucidos como los actuales mayores.

Hace poco pasaron en las redes una entrevista que hicieron a varias personas jóvenes, respecto a la visión que tienen de los adultos mayores, y la mayoría nos ve como personajes decrépitos, que arrastramos los pies y no somos capaces ni de manejar un simple celular. Además, que para muchos de ellos, una persona anciana es a partir de 50 años.

Les presentaron a cada uno una persona adulta mayor con la edad que ellos sugirieron como anciano(a), y desarrollaron varios ejercicios, tanto físicos como mentales para mostrarles su equivocación al valorarlos y había que ver la sorpresa que se llevaron de ver que no estamos tan acabados como ellos pensaban.

Aunque no se puede negar que hay muchas personas que envejecieron antes de tiempo, basta con recordar a nuestros abuelos. Por mi parte, nunca ví a mis abuelos jóvenes, el recuerdo que tengo, sobre todo de mi abuelita materna, quien fue la más cercana en mi casa, fue su ropa negra, desde el mismo instante que falleció el abuelo, ella le guardó un luto eterno y fue mi madre quien empezó a llevarle prendas de vestir del llamado medio luto, para que no se viera tan triste. También recuerdo que sus cabellos siempre estaban recogidos en una moña en la nuca, pero lo que más tengo presente es su perfume, siempre olía a fresco, limpio, y sobre todo su cariño brotaba por todos sus poros y lo repartía en todos nosotros.

Les acompaño un poema que muy seguramente conocen, pero que siempre traerá recuerdos. “Siquiera se murieron los abuelos.”