Junio 3 del 2019

Encargos en de viajes

El año pasado en una emisora radial escuché unas anécdotas sobre encargos que hacen personas cuando conocen de alguien que viaja, lo cual me hizo recordar unas pocas experiencias que tuve al respecto.

La primera vez que viajé fuera del país, con destino Londres, fue en la época aquella en que la radio anunciaba promociones de vuelos a ese lugar con el eslogan: “¡Yo quiero ir a Londres!” y efectivamente coincidió con mi viaje.

Siendo persona de pocos amigos no creí tener encargo alguno hasta que la persona con quien me iba a reunir en Londres, recordó que en su pueblo natal había una chaqueta que le encantaba y quería que la buscara y se la llevara. En primer lugar, el encargo me sorprendió porque pensaba que, en una ciudad como Londres, muy seguramente habrían almacenes mucho mejores que en Sevilla (Valle) Colombia, además que al haber transcurrido más de cinco años desde su partida, muy seguramente la tal chaqueta no estaría a la venta. ¡Craso error! Todavía, en el almacén seguía exhibida la famosa chaqueta. La miré un tanto atónita, era una especie de impermeable grueso, azul oscuro, parecida a las que usan los vigilantes de cuadra; pregunté a su familia, para asegurarme de no errar en la elección, y me aseguraron que esa era la que su vástago quería. Resignada la cargué y llevé a mi casa.

Además de ese encarguito, la madre del sujeto, me dijo que cuando estuviera en el aeropuerto me llevaría otra “cosita”. Lo cual hizo. Nada más y nada menos que un tarro con chorizos.

Al momento de empacar la maleta, sólo llevaba una de tamaño regular, no cupo la famosa chaqueta y la solución salomónica fue llevarla puesta. Yo en ese entonces y aún ahora, no soy una talla muy grande y soy más bien de contextura delgada, por tanto, la chaqueta, más bien el chaquetón, me llegaba debajo de las rodillas y los brazos ni se diga; teniendo en cuenta el material tan duro, ni siquiera podía doblar los puños para que mis manos quedaran por fuera.

En esa época había problemas con las aerolíneas y cuando llegué a Bogotá desde la ciudad de Cali, el vuelo ya estaba listo para despegar. Sin embargo, amablemente los de la aerolínea BOAC de aquel entonces, me esperó. Yo llevaba en mi mano el tarro con chorizos y caminaba con dificultad con ese chaquetón puesto, cuando uno de los sobrecargos me advirtió tener cuidado con ese tarro porque estaba “chorreando”. Ni corta, ni perezosa, se lo entregué y le pedí dispusiera de la mejor manera de eso. Al menos me deshice de semejante encargo.

Al llegar a Londres con mi pesada carga, lo primero que dijo el interesado, fue: “Ve, no me acordaba que fuera así esa chaqueta.” Y sobra decir que durante los años que estuve en Londres, nunca lo vi usarla.

Confieso que a partir de esa experiencia, no volví a aceptar llevar nada que no cupiera en un bolsillo camisero y condicionado a que yo constatara el contenido.