Hoy, 22 de octubre, se cumple un año más desde que mi hermano Jaime hizo la Pascua, y no puedo evitar recordar el dolor de la despedida. Pasan los años y uno piensa —por lo menos yo— que pronto el dolor cederá terreno a la simple memoria; sin embargo, todavía me descubro queriendo contarle lo que hacemos y nuestros planes. Imagino sus comentarios, que siempre tenían un toque de humor, pues sabía convertir un momento difícil en un instante de risas y bromas.
Cuando le decían que algún amigo estaba grave y en sus últimos momentos, comentaba que no había que estar tristes, que era algo bueno. Y no lo decía pensando en que la persona descansara del sufrimiento de su enfermedad, sino porque estaba plenamente convencido de que hay algo hermoso después de la muerte. Hace años le obsequié un libro que me pareció interesante sobre ese tema: “Guía para el más allá”. Fue tal su entusiasmo que me pidió que lo llevara a la librería; compró alrededor de diez tomos del mismo libro y empezó a regalárselos a sus amigos. Yo aún conservo ese ejemplar, con los subrayados en rojo que él mismo hizo.
Por eso, muchas veces pienso que, de alguna forma, esos seres que significaron tanto en nuestras vidas permanecen cerca y nos acompañan. Existen montones de videos y testimonios de personas que han tenido experiencias maravillosas cercanas a la muerte, y a quienes lo único que les incomodó fue haber vuelto a la vida.
Por mi parte, puedo decir que un par de días después de perder a mi hermano, mientras caminaba en el antejardín con las mascotas que él y yo paseábamos cada noche, lo vi en el portal de la casa. Sonreía con su mueca un poco torcida, con un toque de burla cariñosa. Mi reacción fue correr a abrazarlo, pero de pronto la imagen desapareció y la realidad me golpeó de frente. Pocos días después, en sueños, volví a verlo: sostuve su mano en la mía, sentí su calor y le pedí que no se fuera, pero, retirando suavemente su mano, me contestó que tenía que hacerlo.
Nunca más he vuelto a soñar con él, pero pienso que solo quería tranquilizarme porque sabía cómo me sentía. De alguna manera, ellos nos siguen viendo y siguen viviendo en nosotros.
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