La noticia de siete personas perdidas en el cerro de Monserrate, en Bogotá, acaparó los titulares recientemente. Dada la conocida inseguridad de la zona, el reporte activó de inmediato una masiva movilización de la Policía, Bomberos y equipos de rescate, quienes desplegaron drones, vehículos y personal especializado para localizar al grupo, integrado por cinco menores y dos adultos.

Esta situación mantuvo en vilo no solo a sus familias, sino a una ciudadanía consciente de los antecedentes del cerro, donde los extraviados suelen ser víctimas de robos, lesiones e incluso tragedias fatales. Sin embargo, tras el rescate, el alivio inicial se transformó en desconcierto al observar la reacción de los protagonistas.

Resulta difícil unificar el criterio de la opinión pública frente a lo sucedido. Por un lado, las imágenes de algunos familiares transmitían una calma extraña, dejando en el aire la sospecha de si el incidente buscaba, de forma calculada, cierto impacto mediático. Por otro lado, la actitud de uno de los jóvenes fue desconcertante: con una sonrisa de satisfacción, describió el episodio como una “aventura” que disfrutó plenamente.

Solo existe una palabra para definir lo ocurrido: irresponsabilidad. Los adultos a cargo no solo ignoraron los peligros evidentes del terreno, se alejaron de las rutas recomendadas, sino que parecen haber pasado por alto el caos institucional que provocaron.

Mientras ellos “disfrutaban” de su excursión, el Estado agotaba recursos técnicos y humanos que podrían haber sido necesarios en emergencias reales. Lamentablemente, la lección que estos jóvenes se llevan a casa es que la imprudencia no tiene consecuencias, convirtiendo un despliegue de rescate en una anécdota de diversión.