Hoy hace exactamente ochenta y tres años nació mi hermano Jaime. Fue el favorito de mis padres y, para ser franca, el mío también. Jaime era el cómplice perfecto, el de las travesuras interminables, el que siempre me llevaba de la mano para enseñarme a desafiar las reglas con una complicidad que solo se entiende entre hermanos. Hoy, de una manera sumamente especial, su presencia inunda cada rincón de mis pensamientos.

Hace algún tiempo, escuché a un amigo confesarme un temor que lo abrumaba: me decía, con cierta tristeza, que el tiempo le había borrado el eco de las voces de sus familiares fallecidos, y que incluso sus rostros se le habían empezado a desdibujar en la neblina de la memoria.

A mí, afortunadamente, no me ha ocurrido eso.

Tengo intactas las facciones de cada uno de los míos; sus voces resuenan claras, nítidas, como si me hubieran hablado ayer. Creo firmemente que mantener el recuerdo así de vivo es una forma de resistencia contra el olvido. Es mi manera de tenerlos presentes en mi vida diaria y de sentir que, a pesar del tiempo y de la ausencia física, me acompañan. Siguen aquí.

A veces, cuando escucho programas que hablan del misterio del más allá o leo libros sobre la vida después de la vida, encuentro testimonios de personas que aseguran haber visto a sus seres queridos. No puedo negar que, en los días posteriores a las despedidas de mis seres más amados, yo también tuve la inmensa alegría de sentirlos, de verlos e incluso de conversar con dos de ellos. Con el correr de los años, esas visiones de la naturaleza no volvieron a repetirse, pero dejaron una certeza pacífica en mi alma.

Esos umbrales entre la vida y lo desconocido siempre han rondado la historia familiar. Mi madre me contó alguna vez que, una noche, su propia progenitora se le apareció en sueños con la clara intención de revelarle un secreto. Sin embargo, en el instante en que se inclinaba hacia su oído para susurrarlo, el temor la invadió y la alejó, dejando ese misterio suspendido en el aire para siempre.

Aquel temor a lo invisible marcó también sus últimos días. Tras sufrir un accidente y fracturarse el fémur, pasó una temporada hospitalizada. Al regresar a casa, me suplicó con el corazón en la mano que no la volviera a llevar a un hospital; me decía, con verdadero terror, que veía a un ser oscuro acechando en la parte baja de la cama. No soportaba la frialdad de esos lugares, y por eso me hizo jurarle que, cuando llegara el momento final de su enfermedad, no la trasladaría a una clínica. Fue una promesa sagrada que cumplí hasta el último de sus suspiros.

Pero el hilo de mis recuerdos me ha llevado lejos del motivo principal que hoy me mueve a escribir en este blog. He vuelto, inevitablemente, al cumpleaños de Jaime.

Se marchó demasiado pronto. Siempre alimenté la ilusión de que envejeceríamos juntos; me imaginaba a los dos, ya ancianos, caminando despacio y repasando las anécdotas de la vida que compartimos a lo largo de los años. Pero el destino rara vez se alinea con nuestros anhelos.

Sin embargo, me consuela pensar que, si su alma y su espíritu habitan en alguna parte del universo, él sabe que hoy escribo estas líneas por su memoria. Imagino que, en este mismo instante, debe estar sonriendo. Una sonrisa un tanto torcida, de esas que a la falta de un colmillo volvía entrañable, dándole un aire picaresco que todo el mundo notaba y que yo, hoy más que nunca, recuerdo con una infinita ternura.