No hay nada más difícil en esta vida que lograr unificar criterios. Si una pareja —novios o esposos—, por mucho amor que exista entre ellos, en innumerables ocasiones no consigue ponerse de acuerdo, ¿qué podemos esperar entonces de todo un país?
Siempre hay alguien que discrepa de lo que decimos. Casi todo viene acompañado de un “pero”. Por eso, cuando leo los comentarios que muchas personas dejan en los chats y redes sociales, no puedo evitar intentar comprender los distintos puntos de vista, aun cuando no los comparta.
Hace poco vi un video que se hizo viral: una mujer mayor trata con grosería e insulta a un domiciliario. En las imágenes solo se aprecia a la señora increpándolo y exigiéndole, entre improperios, que se retire del lugar. Dentro de su vocabulario, además de las groserías, hay una frase que me llamó particularmente la atención: “usted es un mal empleado”.
Ese detalle resulta clave, porque el video no muestra el contexto completo de lo ocurrido; apenas un fragmento del enfrentamiento. El domiciliario no solo la graba, sino que permanece en el lugar pese a la insistencia de la mujer. Ella, por su parte, afirma que enviará el video completo a sus contratistas para que conozcan el mal comportamiento del trabajador, lo que hace suponer que existe un registro más amplio de los hechos.
Sin embargo, basta con leer los comentarios para constatar cómo muchas personas juzgan sin conocer lo ocurrido en su totalidad. La mayoría se lanza, sin más, contra la señora, insultándola a su manera. Curiosamente, aquello que dicen condenar —la agresión verbal, la falta de respeto— lo reproducen sin pudor, convencidos de tener la razón moral.
Es muy fácil ver los toros desde la barrera. Pero si de justicia se trata, es indispensable escuchar a las dos partes. En un caso como este, no se puede tomar partido cuando no se dispone del contexto completo.
Recuerdo un episodio personal que ilustra bien esta tendencia. Hace un tiempo comenté que un gatico se había subido a mi vehículo y había regurgitado sobre él. No alcancé a tomarle una foto porque al activar la cámara el animal huyó. Publiqué entonces una imagen de las huellas que quedaron marcadas en el automotor. Mi intención era simplemente pedir mayor cuidado con estas mascotas, ya que al subirse a los carros rayan la pintura.
De inmediato, en el chat comenzaron a aparecer comentarios asegurando que las huellas no eran de un gato, sino de una zarigüeya. Aclaré que yo misma había visto al gatico, que sabía perfectamente de qué animal se trataba, y que ese no era el punto central del mensaje. Aun así, un par de personas insistieron en su teoría, acompañándola de todo un análisis sobre la forma de las marcas.
Por eso lo reitero: antes de opinar, es necesario conocer el contexto. De lo contrario, los comentarios terminan siendo juicios ligeros, emitidos sin medida y sin información suficiente, que dicen más de quien los escribe que de lo ocurrido en realidad.
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