Ni entonces ni ahora logro entender por qué no fue posible salvar la vida de aquella niña en Armero. La lógica, desde una mirada humana y elemental, parecía sencilla: extraer el agua que la rodeaba, abrir un canal para que fluyera hacia otro lado, hacer algo —lo que fuera— para evitar que permaneciera atrapada en un pozo durante sesenta horas.
Los informes de la época señalaron que no existían los medios técnicos adecuados y que el acceso al lugar era extremadamente difícil. Sin embargo, nunca se evidenció un intento artesanal, un esfuerzo improvisado que demostrara que se agotaron todas las posibilidades.
También se habló de la imposibilidad de practicar una amputación. Pero, si ni siquiera se había logrado drenar el agua que la mantenía inmovilizada, resulta difícil creer que una cirugía fuera una alternativa real.
Recuerdo, como muchos colombianos, haber escuchado su voz en la radio. Una voz infantil, serena y esperanzada, que pedía paciencia y fe. En su último mensaje, dirigido a su madre, pidió que rezara por quienes intentaban ayudarla. Era una súplica que, más que desesperación, transmitía una humanidad que aún estremece.
Cuarenta años después, esa escena sigue siendo un espejo doloroso. Porque mientras recordamos la tragedia de Omaira, las redes sociales se llenan de historias actuales: pacientes que mueren en salas de urgencias sin atención, enfermos que agonizan esperando una cita médica, familias que enfrentan el mismo sentimiento de impotencia.
Si en 1985 se argumentó la falta de recursos técnicos y logísticos, la pregunta que hoy debemos hacernos es inevitable: ¿cuál es la excusa ahora, cuando la medicina y la tecnología han avanzado tanto?
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