Hemos recorrido apenas ocho largos días del mes de enero de este año que comienza, marcados por una serie de temblores en distintas regiones del país. Movimientos telúricos que me han tenido profundamente preocupada por el bienestar de quienes los han sufrido, especialmente porque en esta zona del Valle del Cauca no hemos sentido ninguno.
Sin embargo, Colombia también se estremeció por la turbulencia anunciada en Venezuela. Aunque ese no es el tema central de esta reflexión, no puedo dejar de mencionar la sorpresa que me ha causado la cantidad de personas que han migrado hacia nuestro país. Desde hace algún tiempo había notado cambios en los almacenes que suelo frecuentar: nuevo personal, acentos distintos, una musicalidad en la voz que no era la habitual.
Lo que terminó de confirmarlo ocurrió en un centro comercial que visito con regularidad, al que solo ingresan clientes afiliados y donde la mayoría solía ser vecinos del sector, en su gran mayoría vallunos. Hoy, ese espacio es frecuentado por numerosos venezolanos. Movida por la curiosidad, observé sus carritos de compra: utensilios de cocina, estufas, peroles, asadores. Todo indicaba que muchos acababan de llegar y estaban equipando por primera vez un hogar en Colombia, sin electrodomésticos ni vajillas previas.
Sus preguntas al momento de pagar revelaban también un desconocimiento del valor de nuestra moneda. En fin, para mí sigue siendo una incógnita que, justo ahora, se registre una migración tan numerosa. Pensaba, quizá de manera ingenua, que ocurriría lo contrario: que muchos extranjeros estarían contemplando un eventual regreso a su país de origen.
Mi experiencia personal con ciudadanos venezolanos ha sido positiva. He conocido a unos cinco, todos jóvenes, trabajadores, responsables y muy cultos. No ocurre lo mismo con algunos relatos de amigos y conocidos, quienes se quejan del comportamiento inapropiado de otros. Como en toda sociedad, la realidad es diversa y compleja.
Lo que resulta innegable es la magnitud de la migración que ha llegado a Colombia en los últimos años. Y aunque se reconocen aportes positivos a la productividad laboral, también es imprescindible pensar en los enormes desafíos que esto implica: vivienda, alimentación, acceso a servicios básicos y formalización laboral.
En un noticiero, mostraron el caso de una mujer venezolana cuya vivienda era realmente deprimente. Al preguntarle si contemplaba regresar a su país, respondió que llevaba varios años residiendo en Colombia y que volver era casi imposible. Lo que había perdido allá resultaba irrecuperable, y empezar de cero, a su edad, era aún más difícil.
¿Qué pasará con nuestros vecinos? Es un enigma que iremos descubriendo poco a poco. ¿Y qué pasará con nosotros? Otro enigma que, llegado el momento, también conoceremos.
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