De niña, la realidad parecía sencilla: solo existían dos sexos —masculino y femenino— y, por lo tanto, dos formas de ser en el mundo. Sin embargo, con los años descubrí que la experiencia humana es mucho más diversa.
Primero entendí que había personas que se sienten atraídas por otras de su mismo sexo y que desean construir con ellas una vida afectiva y familiar. Allí conocí los términos homosexual y lesbiana, ya integrados en el lenguaje cotidiano.
Más adelante apareció otro concepto: el travestismo. Supe que algunas personas disfrutan vestir prendas asociadas al sexo opuesto sin que ello implique necesariamente una orientación sexual particular ni una identidad de género distinta. Es una expresión que puede darse en hombres y mujeres heterosexuales.
Luego llegó el término trans, que describe a quienes se identifican con un género diferente al que les fue asignado al nacer. Es una noción que cuestiona la idea tradicional de que los genitales determinan de manera definitiva la identidad de una persona.
Mientras incorporaba estas definiciones, surgió otro concepto relevante: intersexualidad. Este término se refiere a variaciones biológicas —en cromosomas, genitales u órganos reproductivos— que no encajan en el modelo binario de “hombre” o “mujer”. Durante años se utilizó el término “hermafrodita”, hoy considerado inadecuado.
También descubrí la asexualidad, que describe a quienes no sienten atracción sexual, aunque sí pueden establecer vínculos afectivos, románticos o platónicos desde otros lenguajes.
Con el tiempo se hizo más visible el acrónimo LGTBI, que agrupa a lesbianas, gays, bisexuales, transgénero e intersexuales. Luego evolucionó a LGBTIQ+, una versión más inclusiva que incorpora identidades queer, asexuales y otras formas de entender el género y la sexualidad fuera de la norma binaria.
Y cuando creí tener un panorama relativamente completo, apareció un término que había pasado por alto: el género no binario.
Lo descubrí al leer sobre la actriz Raegan Revord, la intérprete de Missy Cooper en la serie Young Sheldon. En la pantalla se le ve como una niña vivaz y encantadora; fuera de ella, se identifica como persona de género no binario y utiliza tanto pronombres femeninos como neutros.
Todo esto me lleva a una reflexión: vivimos en un mundo en constante transformación, donde el lenguaje y los conceptos evolucionan al ritmo de la sociedad. A veces parece que necesitamos un manual para entenderlo todo sin equivocarnos, pero quizá el verdadero desafío sea otro: abrir espacio a la escucha, a la comprensión y al respeto por las múltiples formas de ser que existen hoy.
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