En el universo culinario que aparece en las pantallas de Netflix, HBO y otras plataformas, veo que se repite una escena que, para quienes crecimos en cocinas latinoamericanas, resulta tan inquietante como reveladora: las protagonistas estadounidenses parecen no saber pelar una papa. Allí, entre encimeras impecables y cuchillos del tamaño de un alfanje, las veo empujar la hoja hacia afuera con una torpeza que hace temer por la integridad de sus dedos.
Es un gesto menor, casi invisible, pero que delata una profunda brecha cultural.

En los hogares latinoamericanos —particularmente los suramericanos— la acción de pelar una papa tiene una técnica heredada, casi ritual. Antes de que existieran los modernos pelapapas, se utilizaba un cuchillo pequeño, maniobrable, capaz de retirar la piel en un solo movimiento continuo, como un rizo, nunca lo olvido. El movimiento siempre era hacia adentro, hacia la mano que sostenía el tubérculo, con la confianza de quien ha aprendido de generaciones anteriores. El resultado podía ser imperfecto, pero la destreza era incuestionable.

La desconexión entre una tradición y otra es evidente, de manera casi caricaturesca, en un episodio particular de la cultura popular colombiana: la prueba de pelar papas durante un certamen de Señorita Colombia. A las candidatas se les entregaron tubérculos grandes y cuchillos igualmente desproporcionados. Desde la distancia, se percibía la falta de familiaridad con la tarea. Cada gesto parecía anticipar un accidente. Una escena doméstica convertida, sin quererlo, en un acto de riesgo.

No es la única vez que la papa se vuelve medida de algo. En una película andina —creo que es peruana— las jóvenes en edad de matrimonio debían demostrar su habilidad pelando una papa de un solo corte, sin romper la cáscara. Una prueba simple, pero cargada de simbolismo: la destreza en la cocina como rito de paso, como llave de aceptación dentro de la comunidad.

Paradójicamente, hoy existen métodos que simplifican lo que antes requería maestría. En internet abundan videos que enseñan a pelar papas con trucos inesperados: congelarlas y sumergirlas en agua para que la piel se desprenda con apenas tocarla. El conocimiento tradicional compite ahora con tutoriales virales.

La situación se repite con otros elementos emblemáticos de la cocina suramericana: el plátano verde, la yuca, incluso el banano. En programas culinarios extranjeros es frecuente ver a cocineros intentar quitar la cáscara del plátano a golpes, como si fuera un objeto rebelde. La escena produce desconcierto: desconocen no solo la técnica, sino la diversidad misma del fruto —verde, maduro, biche— cada uno con su propia lógica de corte.

Ver estas escenas me provoca una mezcla de risa, incredulidad y, a veces, un pequeño escalofrío. No se trata solo de pelar una papa. Se trata de cómo gestos cotidianos revelan mundos enteros: saberes transmitidos, identidades compartidas, costumbres que sobreviven en la cocina mucho antes que en cualquier manual.