Contaminación. El significado de esta palabra es la introducción de sustancias nocivas o elementos extraños en un medio natural o ecosistema, provocando daños, alteraciones o desequilibrios en su funcionamiento. Sus efectos perjudican la salud, la calidad de vida e incluso la supervivencia de los seres vivos.

Durante mucho tiempo nunca me preocupé por este tipo de problemas; ni siquiera pensaba en ellos. Sin embargo, la realidad nos recuerda cada día que no solo las fábricas arrojan gases tóxicos a la atmósfera. También los vehículos contribuyen a deteriorar la calidad del aire. A los ríos y mares llegan residuos industriales que afectan la vida marina y, tarde o temprano, terminan repercutiendo en nuestra propia salud.

Los plásticos, quién lo creyera, se han convertido en una de las mayores amenazas para el planeta. Incluso la luz artificial, con su brillo excesivo, altera nuestros ciclos de descanso y afecta nuestro bienestar.

Y para completar el panorama, está la contaminación acústica. Bares, discotecas y otros lugares de entretenimiento elevan el volumen de sus altavoces a niveles desproporcionados, exponiéndonos a un ruido constante que, poco a poco, va deteriorando nuestra capacidad auditiva.

Pero hay una contaminación que hoy considero especialmente preocupante: la contaminación audiovisual.

Desde que comenzó la contienda electoral, la radio, la televisión y las redes sociales no han dejado de bombardearnos con noticias, comentarios, críticas, entrevistas y análisis. Se trata, sin duda, de una labor informativa necesaria y valiosa, pero para personas como yo termina convirtiéndose en una fuente permanente de angustia, estrés e incluso insomnio.

Mi preocupación se intensificó con el atentado contra Miguel Uribe Turbay y su muerte temprana en el 2025. El hecho me transportó a una de las épocas más dolorosas de nuestra historia, cuando los candidatos presidenciales eran asesinados uno tras otro. Vinieron a mi memoria nombres como Carlos Pizarro Leongómez, asesinado en el interior de un avión, y Luis Carlos Galán, abatido en una plaza pública durante un acto de campaña. Eran los años de 1989 y 1990, recuerdos que parecían superados y que hoy vuelven a despertar viejos temores.

Por eso, mi pequeño radio, el que escuchaba apenas despertaba cada mañana, permanece ahora en silencio. También calla el aparato que nos acompañaba durante las comidas.

Incluso los programas de humor han perdido para mí parte de su encanto. Muchos de ellos están dedicados a imitar candidatos y a convertir en caricatura cada episodio de la campaña electoral. Lo que antes era un espacio para reír y distraerse, hoy termina recordándome una realidad de la que quisiera descansar por un momento.

Cómo añoro aquellos programas de antaño: La escuelita de doña Rita, Montecristo o El tremendo juez de La Tremenda Corte. En aquellos días, mi mayor preocupación era no dejar pasar la hora para escucharlos.

Así llego a pensar que la contaminación más severa de nuestro tiempo no siempre es la que vemos ni la que respiramos. Existe otra, silenciosa y persistente: la contaminación audiovisual, esa que invade nuestros espacios, nos roba el descanso y nos llena de inquietud y preocupación.

Por eso hoy decido darle un respiro a mi mente. Dejo el dial en silencio y el televisor apagado, no por indiferencia, sino por supervivencia. En un mundo donde el ruido político parece querer adueñarse incluso de nuestras noches, el verdadero lujo —y quizás la única cura posible— es recuperar el derecho al silencio.

Al final del día, prefiero quedarme con la tranquilidad de mi hogar y con el recuerdo de aquellas risas sencillas de otros tiempos, esperando que la marea baje y que la vida, con menos ruido y menos sobresaltos, vuelva a encontrar su curso natural.