Siempre he creído que existen espacios sagrados en la rutina diaria. Para mí, uno de ellos es el silencio de la mañana, interrumpido únicamente por el dial de mi pequeña radio. No busco grandes debates; busco lo cotidiano: saber si lloverá, entender cómo fluye el tráfico o simplemente conectar con el pulso del día.
Sin embargo, ese ritual se ha visto empañado. He decidido mantener una distancia prudente con ciertos temas que suelen dividir más de lo que aportan. Ni la política ni la religión forman parte de mi conversación habitual; respeto profundamente el criterio de cada persona y no encuentro valor alguno en la polémica por la polémica.
Lamentablemente, el aire que respiramos, tanto en las ondas radiales como en las redes sociales, se siente pesado, contaminado. Últimamente, encender la radio se ha vuelto un ejercicio de paciencia que ya no deseo practicar. Lo que antes era compañía, hoy es una descarga de ataques y contraataques.
Estamos a las puertas de los comicios de este domingo 8 de marzo. Tenía la esperanza de que, con el cierre oficial de las campañas, llegara esa necesaria “tregua” de paz mental. Pero la realidad es otra: en la radio, las voces de los candidatos parecen haberse instalado en cada intermedio, amargando el inicio de la jornada, inundando el espacio con entrevistas. En las redes, la publicidad política es un intruso persistente que interrumpe cualquier video o lectura, sin pedir permiso y sin descanso.
Es irónico que, en un mundo tan conectado, lo que más extrañemos sea precisamente el respeto por nuestro espacio personal y la tranquilidad de un contenido que nos edifique, en lugar de uno que nos agote. Por ahora, mi radio seguirá apagada, esperando que pase la tormenta de propaganda y regrese, por fin, la calma de la información sencilla.
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