El escalador Alex Honnold ha alcanzado la cima del rascacielos Taipei 101 en Taiwan, una de las estructuras más altas del mundo. Lo hizo sin ayuda alguna, prescindiendo de cuerdas o redes de seguridad; sus únicos aliados fueron un calzado especial, conocido como “pies de gato” para maximizar la adherencia, y una bolsa de magnesio atada a su cintura para mantener sus manos secas ante la humedad, un peligro crítico en superficies de metal y vidrio. Para algunos esta exposición a un riesgo ilimitado es una proeza sobrehumana; para otros, un desafío temerario a la propia vida.

La genealogía de estos deportes de riesgo es difusa, pero sus raíces se hunden en la supervivencia y el ritual. En la prehistoria, los humanos escalaban acantilados en busca de alimento o refugio; otros se sumergían en las profundidades por perlas. En la isla de Pentecostés, “El salto del Gland”, nació como un rito de iniciación de los jóvenes se lanzaban al vacío con lianas atadas a los tobillos para demostrar su valor y hombría.

Con el tiempo, la necesidad cambió más a la gloria personal. El alpinismo moderno comenzó a conquistar las cumbres más altas por el puro reto de dominarlas, y en 1797, París fue testigo del primer salto en paracaídas desde un globo de aire caliente. Más tarde llegaron los surfistas, el “bungee jumping” y, finalmente, la explosión comercial de los “X games” en 1995, que transformó estas prácticas marginales en espectáculos globales.

Sin embargo, el “solo integral”, (escalar sin cuerdas), sigue siendo la expresión máxima de este fenómeno. Es la búsqueda del control mental absoluto, donde la cuerda se elimina para forzar una concentración donde no cabe el error. Para quienes sufrimos de vértigo, nos resulta casi imposible comprender estos actos; lo que para es escalador es la cima de la libertad, para el espectador común se siente como un angustiante coqueteo con el abismo.