Hablando sobre herencias y decisiones finales, recordé lo acaecido a un familiar, quien aspiraba que su compañero de muchos años la tuviera en cuenta y la dejara, en caso de fallecer primero, por lo menos con una ayuda económica en su vejez. Evidentemente su compañero dejó este mundo primero, pero no la tuvo en cuenta al repartir sus bienes, lo cual había hecho con anticipación.
También, hace muchos años y siendo yo una adolescente, conocí a una mujer dedicada a cuidar a un hombre que se encontraba postrado, literalmente impedido para sobrevivir por sí mismo. Admiré la dedicación de esta mujer, quien había dedicado su vida a acompañar a este caballero. Recuerdo que alguna vez le pregunté si él era su esposo y me respondió que no, que ella había empezado siendo su enfermera y poco a poco se hicieron muy amigos y que ahora lo cuidaba, en realidad, por mera simpatía. Ella trabajaba en un centro de salud, medio tiempo, así podía darle atención diaria a su paciente amigo.
Los años pasaron y un día supe que el caballero había sufrido una bronco-neumonía, que terminó con su vida. La enfermera ya no tan joven estuvo apesadumbrada con el deceso de su paciente, y después de ayudar en su funeral se despidió de los familiares, quedando sorprendida al notar lo molestos que estaban con ella. No entendía nada, y cuando se dirigía hacia la puerta de salida fue interceptada por un caballero para ella desconocido quien se identificó como abogado y encargado de la última voluntad del paciente. Le entregó su tarjeta y la citó para concretar los últimos puntos del testamento de su cliente. Sorprendida, le aclaró al letrado que ella no era de la familia y sólo era la enfermera del paciente. Sin embargo, con una sonrisa el litigante le aclaró que ella era la principal beneficiaria de su cliente.
Después de la reunión para hablar del testamento que le había sido encomendada al citado abogado, se estableció que evidentemente el paciente había favorecido a su enfermera con una renta además de una vivienda. De inmediato los familiares del a ese momento fallecido, argumentaron manipulación de la mujer y que muy seguramente la firma del testamento y todo su contenido era falso.
A pesar de todo el ataque que le crearon el abogado, siendo amigo del hombre y además su cliente, se sostuvo y ayudó a sacar avante lo decidido por aquel y a regañadientes de la familia, hizo cumplir cada cláusula registrada en el testamento.
La enfermera, según supe después, siguió en su trabajo hasta su jubilación y gracias a la ayuda de ese paciente vivió sin afugias hasta su último día.
Mi madre, por su lado, siempre decía, “en vida hija, en vida”, refiriéndose a estas situaciones, afirmaba que, si querían dar algo o ayudar, lo hicieran en vida, ya que después de muerta la persona, sólo podría dejar problemas para quien la sobreviviera así ella quisiera reconocerle algún beneficio. Aunque en mi opinión, seguro que aún así reprocharían cualquier dádiva para terceros.
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